lunes, 12 de enero de 2009

el muerto (dic 03)

El periódico estaba abierto. No fui yo. Alguien lo había dejado así antes. Siempre había leído las esquelas, y sobre todo la edad de los muertos del día anterior, buscando el más joven. Y ese día el más joven era yo. Y al lado de mi nombre en el listado, una esquela con mi nombre. No había duda, era yo, debajo de mi nombre estaba el de mi padre y el de tres amigos que según leí, rogarían por el descanso eterno de mi alma. ¿Amigos? ¿Tenía yo amigos? Tanto tiempo sin creer en estas cosas, y resulta que me muero y aparece gente que ruega por mi descanso eterno. Descansé una eternidad en el asiento. Si ya estaba muerto, no tenía ninguna prisa. Pero qué gasto más imbécil, una esquela. Qué asco.

 

No me asusté mucho, me sentía perfectamente, toda la fatiga acumulada en los días anteriores había desaparecido, todo signo de cansancio físico y mental me resultaba tan lejano que creí no haberlo vivido nunca. Me eternicé en el asiento, pensando todo lo que me hubiera gustado hacer antes de morirme y no había hecho, todas las tareas pendientes, todos los misterios sin resolver de mi vida, todas las cosas que los amigos me habían prestado y no había devuelto, todas las malas respuestas dadas aquí y allá y de las cuales en ese momento me arrepentía...

 

Estaba muerto, pero seguía allí, sentado, donde siempre, aunque no sabía por cuánto tiempo. Tenía que hacer el orden el día, distribuir el tiempo, para no tener que irme sin antes haber hecho ciertas cosas. ¿Por cuánto tiempo iba a estar allí? ¿de cuánto tiempo disponía? ¿Estaba allí porque tenía aún algo que resolver? Por ejemplo, me gustaría, pensé, comer tortilla de patatas; un buen empacho de tortilla de patatas.

 

O me apetecía hablar, decir lo que no había podido decir en meses, en años… entonces daba igual decirlo, ya no iba a peligrar mi reputación, mi futuro, estaba muerto… quería estar con mis amigos más tiempo del que las leyes de la naturaleza me permitieran; nunca estaba el tiempo deseado con la gente con la que me hubiera gustado estar, así que lo iba a hacer. "Amigos" no, dejaré de llamarles "amigos", si es que alguna vez los había tenido; no, dejaré de llamarles así porque los muertos no tienen amigos.

 

Hasta el aburrimiento. Hasta agotarnos el uno a otro. Quería hablar hasta que ya no hubiera más temas de los que hablar.

 

No sabía qué hora era, mi reloj estaba parado, cosas de muertos, claro, llevaba mucho tiempo parado, y yo lo había achacado a que estaría estropeado… no, es que estaba muerto… y yo no solía llevar reloj… qué tontería…

 

Me levanté y comprobé que era invisible, claro, estaba muerto...

 

Me aposté tras una columna y observé la sala de lectura. Qué ambiente más rancio, todos mirando los papeles, con la cabeza gacha, adiós cervicales. Mierda de biblioteca. Veinte, veinticinco personas dejándose los ojos en los libros y cuadernos. Qué pérdida de tiempo, para morirse luego… Mi amigo era uno de ellos. La cabeza a ras de folio, la espalda totalmente arqueada. La eterna rutina era llegar yo y corregirle la postura. ¿Pero como hacerlo en mi situación? Tuve una idea, me acerqué a la estantería, y cogí un libro, lo hojeé, y pensé en la suerte que iba teniendo, pues aún podía mover las cosas. Qué suerte, podía mover las cosas, pero estaba muerto. Entonces me acerqué a mi encorvado amigo, por detrás, le cogí por los hombros, y le coloque estos en el centro del cuerpo, ni muy delante ni muy detrás, él se estremeció, normal, no siempre te toca un muerto. Al moverle los hombros hizo lo de siempre, colocar el resto de la espalda, coger una postura más correcta, más indicada para el que pasa 12 horas al día estudiando. Miró a los lados, y claro, no vio nadie, yo era invisible, y seguramente pensó en mí, pues yo le hacía siempre eso, tirarle de los hombros. Le solté y él se quedó derecho. 

 

Intentó concentrarse en el estudio. Me senté en la misma mesa, frente a él, con las piernas encogidas. ¿Cómo morí?, pensé yo. ¿Olería mal? Él no parecía notar mi mal olor. Mi olor a muerto. Leyó un par de líneas, escribió un par de frases, y se puso a mirar al techo… Eh, que estoy aquí. Que estoy aquí. Muerto, pero estoy aquí

 

 

2 comentarios:

javier swift dijo...

me gusta

javier swift dijo...

pero no me gusta que estés muerto, a ver si nos entendemos